sábado, 6 de octubre de 2012

Esta sí (:

Bueno lo que pretendía hacer con la otra historia no funcionó porque en verdad después no se me ocurrió nada y no me dieron ganas de seguir escribiendo así que... Lo haré con otra que ya tengo escrita :D quizás sea un poco extraña pero... la escribí en un momento algo extraño también... Pretendo publicar una parte cada dos semanas, ojalá le guste a quien la lea (:


Como era el primer día de clases, aunque del segundo semestre, no tenía muy claro hacia donde tenía que ir. Era nueva en ese colegio donde todos parecían conocerse y pasaban al lado mío como si no estuviera allí.  Me había juntado con mis amigas del otro colegio durante las vacaciones de invierno, pero sabía que las extrañaría horriblemente, y también a Lorenzo, algo relativamente parecido a mi novio (nunca nos dimos un beso, pero siempre andábamos de la mano y nos decíamos cuánto nos queríamos.)
Recuerdo que la gigantesca fachada del colegio me impactó un poco. Ricardo estaba apoyado en la baranda de un balconcito cerca de la escalera principal. Nuestras miradas se cruzaron un segundo y nos sonreímos. Su pelo liso negro caía con tanta gracia como siempre sobre sus anteojos redondos, detrás de los cuales sus tiernos ojos verdes siempre sonreían. Desvió la mirada en seguida hacia un chico a su lado, le dijo algo, y el otro me miró. Yo me sonrojé y bajé la mirada de inmediato.   Después de una vuelta rápida por el lugar, fui a mi sala, que tenía una flamante placa de madera que decía “Primero A.”  En un rincón de la enorme sala había varios muchachos jugando con una pelota de fútbol  había varias niñas agrupadas como en enjambres y por último, cuatro o cinco chicos que conversaban alegremente cerca de la mesa del profesor. Cuando entré todos me dirigían miradas indiscriminadas, casi arrogantes. Sonaron dos, tres, cuatro campanadas y todos fueron a sentarse (yo me había quedado apoyada en la pared junto a la pizarra, porque no sabía dónde ponerme).   De repente entraron dos chicos muertos de la risa, jadeando por la carrera que sus mejillas rojas delataban que habían corrido. Uno era el muchacho de lentes en la barandilla del balcón… Cuando me vio, se quedó como pasmado al principio, después me sonrió con dulzura y fue a sentarse cerca del grupo de los muchachos que seguían conversando.   Entonces llegó una profesora alta, con una larga falda de tela floreada y el cabello negro hasta media espalda. Los saludó a todos y de pronto me vio. 
 ¿Eres Diana, verdad?- le sonreí levantando los hombros.- ¿Qué haces ahí?-
- E-e-estaba esperándola, s-s-supongo.- me puse nerviosa y colorada, los más de treinta alumnos me miraban fijamente y yo tenía una espeluznante propensión a tartamudear.  Después del famoso y repetidísimo ritual de presentación: “¿Por qué te cambiaste de colegio? ¿Te ha gustado? ¿Has hecho amigos?”, “Mi mamá me cambió. Sí, claro. No, todavía no.”  La única vez que pude levantar los ojos, los fijé inconscientemente en el muchacho de lentes que entonces tenía la vista en su Ipod, y la profesora me vio y sonrió.
- Bien, los voy a cambiar de puesto.- Todos alegaron, pero ella los movió igual. Fui la última persona a la que sentó, en el primer asiento de la fila de en medio, junto al muchacho de lentes, que sólo levantó la vista cuando estuve al lado suyo, y me sonrió. – Sociabilicen un rato. Tengo que revisar un par de cosas.- se sentó en su escritorio, y apenas abrió su maletín de cuero negro todos comenzaron a hablar.  Yo tenía las mejillas coloradas y la vista fija en una pequeña mancha de pegamento en mi mesa. "

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