" Como era el primer día de clases, aunque del segundo semestre, no tenía muy claro hacia donde tenía que ir. Era nueva en ese colegio donde todos parecían conocerse y pasaban al lado mío como si no estuviera allí. Me había juntado con mis amigas del otro colegio durante las vacaciones de invierno, pero sabía que las extrañaría horriblemente, y también a Lorenzo, algo relativamente parecido a mi novio (nunca nos dimos un beso, pero siempre andábamos de la mano y nos decíamos cuánto nos queríamos.)
Recuerdo que la gigantesca
fachada del colegio me impactó un poco. Ricardo
estaba apoyado en la baranda de un balconcito cerca de la escalera
principal. Nuestras miradas se cruzaron un segundo y nos sonreímos. Su pelo
liso negro caía con tanta gracia como siempre sobre sus anteojos redondos,
detrás de los cuales sus tiernos ojos verdes siempre sonreían. Desvió la mirada
en seguida hacia un chico a su lado, le dijo algo, y el otro me miró. Yo me
sonrojé y bajé la mirada de inmediato.
Después de una vuelta rápida por el lugar, fui a mi sala, que tenía una
flamante placa de madera que decía “Primero A.”
En un rincón de la enorme sala había varios muchachos jugando con una
pelota de fútbol había varias niñas agrupadas como en enjambres y por último,
cuatro o cinco chicos que conversaban alegremente cerca de la mesa del
profesor. Cuando entré todos me dirigían miradas indiscriminadas, casi
arrogantes. Sonaron dos, tres, cuatro campanadas y todos fueron a sentarse (yo
me había quedado apoyada en la pared junto a la pizarra, porque no sabía dónde
ponerme). De repente entraron dos
chicos muertos de la risa, jadeando por la carrera que sus mejillas rojas
delataban que habían corrido. Uno era el muchacho de lentes en la barandilla del
balcón… Cuando me vio, se quedó como pasmado al principio, después me sonrió
con dulzura y fue a sentarse cerca del grupo de los muchachos que seguían
conversando. Entonces llegó una
profesora alta, con una larga falda de tela floreada y el cabello negro hasta
media espalda. Los saludó a todos y de pronto me vio.
- ¿Eres Diana, verdad?- le sonreí levantando los hombros.- ¿Qué haces
ahí?-
- E-e-estaba esperándola, s-s-supongo.- me puse nerviosa y colorada, los
más de treinta alumnos me miraban fijamente y yo tenía una espeluznante
propensión a tartamudear. Después del
famoso y repetidísimo ritual de presentación: “¿Por qué te cambiaste de
colegio? ¿Te ha gustado? ¿Has hecho amigos?”, “Mi mamá me cambió. Sí, claro. No,
todavía no.” La única vez que pude levantar
los ojos, los fijé inconscientemente en el muchacho de lentes que entonces
tenía la vista en su Ipod, y la profesora me vio y sonrió.
- Bien, los voy a cambiar de puesto.- Todos alegaron, pero ella los
movió igual. Fui la última persona a la que sentó, en el primer asiento de la
fila de en medio, junto al muchacho de lentes, que sólo levantó la vista cuando
estuve al lado suyo, y me sonrió. – Sociabilicen un rato. Tengo que revisar un
par de cosas.- se sentó en su escritorio, y apenas abrió su maletín de cuero
negro todos comenzaron a hablar. Yo
tenía las mejillas coloradas y la vista fija en una pequeña mancha de pegamento
en mi mesa. "
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